sábado, 26 de febrero de 2011

El Vecino

Todos los días el Viejo se levantaba temprano. Su rutina era impecable: al baño, lavarse los dientes, desayunar, ir a buscar el diario. Todo cronometrado. Una vida bien. Sin vicios. Se fumaba dos paquetes de cigarrillos por día y se tomaba cuarta botella de whisky por día, pero eso no es vicio, sino darse un gusto.
El Viejo no era una persona muy querida. Medio porque se había quedado viudo hacía tiempo,  medio porque escuchaba Montecarlo todo el día; se había vuelto un tipo amargo y alejado de la gente. Era ese viejo que se te caía la pelota en su jardín y para ver el balón nuevamente tenías que ir al contenedor y sacarle las agujas de tejer que tenía clavadas.
Nadie vivía en la casa de al lado. El viejo se sentía feliz con eso. Imaginate si del otro lado de la pared viviera una familia, con hijos gritones y perros aún más molestos. Peor. Imaginate una parejita joven, que escuchara música a toda jeta y golpeara la cama contra la pared de noche. Por eso el día que llegó un camión de mudanza, casi se pone a llorar. Sin embargo, con el paso de los días, vió que su vecina era una mujer sesentona, sola. No podía creer su suerte. Sin niños, sin mascotas.
Una tarde el Viejo se puso a tomar uno de sus whiskies diarios en el fondo. Desde el corralón bajaba un olorcito raro, que él no identificaba, dulzón y cabezón. Mezclado con el olor de las flores de la enredadera, era espectacular. Durante un tiempo no le molestó, hasta el día que llegó la nieta a visitarlo. La nieta tampoco se llevaba muy bien con su abuelo. A su abuelo le molestaba que una nieta de él se fuera a Balizas con tres tipos y una carpa, o que se vistiera con un pantalón que parecía una toalla, o que estudiara bellas artes.  Sin embargo, al Viejo le gustaba que lo visitaran.
Se sentaron en el fondo, como le gustaba al Viejo. Como todos los días, empezó a bajar el olor vespertino. Naturalmente, la Nieta identificó claramente el origen del cómodo aroma.
-¡Abuelo, que olor a faso!
-¿Olor a qué?
-A marihuana.
El Viejo no lo podía creer. Aquella vecina se había estado drogando al lado de él durante dos semanas, y lo peor, él no se había dado cuenta del origen del olor, que por otro lado, no le había molestado para nada.
Al otro día, espero que la vecina saliera de su casa. Las horas de ocio le permitían al viejo saber los horarios de la gente del barrio, y sabía que de mañana la vecina salía por lo menos una hora. A pesar de la edad, todavía era ágil, por lo que saltar a través del corralón no le costó mucho. En cuanto puso un pie en el patio, sabía lo que buscaba. No le fue muy difícil de encontrar: caminó unos pasos y las encontró plantaditas, igualitas a las del libro de botánica que desempolvó la noche anterior.
Aunque sabía que tenía tiempo, volvió rápido. Pensó unos minutos lo que iba a hacer, aunque esa dilación era solo por aparentar: desde que su nieta le confirmó lo que era ese olor ya lo tenía decidido. Llamó a la policía. Puso un trapo en el receptor del teléfono,  para que no le pudieran reconocer la voz. Esperó un rato contra la ventana, con la cortina corrida, naturalmente. Agazapado vió como su vecina llegaba a su casa. Como una rata que espera la noche para salir a roer un pedazo de madera, esperó con ansias la llegada de la policía. Dos horas después llegaron. Entraron. Una hora y media después se llevaron a su vecina en un auto, y a las plantas en la caja de una camioneta.
El viejo se dio media vuelta y prendió la radio. Era un día hermoso.  Para festejar, se sirvió un whisky. Pero cuando se iba a sentar de vuelta en su cómodo sillón, un dolor en el pecho lo ahogó. El vaso de whisky se cayó en el suelo, apenas dos segundos antes que él mismo sintiera el golpe del piso en su cara. En el primer segundo que estuvo en el piso, recordó la prohibición de su médico de fumar. En el segundo segundo en el piso, se apenó de haberle dicho que fumar no hacía nada y que droga era la pasta base. En el antepenúltimo segundo de su vida pensó en su vecina. En el penúltimo segundo de su vida se dio cuenta de que acababa de mandar en cana a una persona que no le había hecho nada salvo regalarle aquel exquisito olor de manera gratuita. En el último segundo de su vida, se dio cuenta de que se estaba muriendo solo. La vida no le dio para pensar que la felicidad de la vida pasa por vivirla como a cada uno le gusta. Pero de eso, ya se había dado cuenta.

Dedicado a los vecinos que denunciaron  dos personas por tener una planta de marihuana en su casa y por eso, terminaron en cana.

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